Cuando la gente le pierde el respeto a lo que ocurre en la plaza.
Si por algo se han caracterizado siempre las corridas de toros ha sido por ese halo litúrgico del que siempre se ha rodeado todo lo que en ellas acontece, los varilargueros montan su pequeña liturgia al abrir la caja de las puyas y montarlas en sus varas de picar, los mozos de espadas y ayudas colocan afanados todos los elementos necesarios para la lidia, capotes perfectamente doblados, muletas impolutas y montadas listas para desarrollar la faena, estoques listos y mimados para que con ellos se consiga o se pierda la gloria que con anterioridad se forja con el percal y el algodón, los toreros de plata escoltan a sus maestros garantizándole ese espacio en el que sentirse cómodo y poder llevar a cabo sus rituales antes de pisar el ruedo.
Pero he aquí que, de un tiempo a esta parte, toda esa aura de respeto y liturgia está desapareciendo y está siendo menoscabada, junto con los buenos tiempos que está viviendo la tauromaquia llenos de fervor y llenos de afición en ocasiones desmedida (solo tenemos que observar el exceso de fanatismos que estamos viviendo con el maestro Morante de la Puebla) está comenzando a desvirtuarse lo que sucede en la plaza.
Los patios de cuadrillas no parecen patios, parecen romerías, ayer sin ir más lejos en la digna corrida que pudimos disfrutar en Don Benito, era poco menos que imposible permanecer en el patio de cuadrillas, era tal la cantidad de gente que ocupaba el patio de cuadrillas que prácticamente le resultaba imposible moverse a las cuadrillas y a los toreros, y ya no digamos al maestro Diego Ventura para calentar con sus caballos, solo hay que ver como un aficionado, desconocedor del respeto que hay que tenerle a quien se viste con un traje de luces, estuvo a punto de arrancarle el “añadío” al maestro Andrés Roca Rey y hacer cual Morante en las Ventas el pasado mes de octubre pero en esta ocasión en el patio de cuadrillas de Don Benito, pero ojo, dudo mucho que semejante cantidad de personas estuvieran acreditadas para estar en el patio de cuadrillas y por ende en el callejón de la plaza, sitio en el que en la zona de sombra también estaba poblado de gente cual romería de San Isidro, pero cuidado, esto no es que ocurriera exclusivamente ayer en la plaza de toros calabazona, esto viene ocurriendo cada vez con más asiduidad en gran cantidad de plazas de toros. A estos dimes y diretes de los patios de cuadrillas que parecen romerías hay que sumarle que durante el trascurso de la corrida los callejones parecen botellones, es habitual ver como las copas aparecen por los callejones en cantidades industriales y el personal comienza a volver a estar como si estuvieran en las mencionadas romerías o en un botellón, y, todo esto sin prestarle atención a lo que sucede en el ruedo ni respetar a quien se pone delante de unos pitones jugándose la vida, y esto no es exclusiva de los callejones, si uno observa los tendidos es fácil ver como las copas corren por doquier y en poco tiempo aparece algún aficionado eufórico pidiéndole a cualquier maestro que se acuerde de la madre de moral distraída de tal o cual político de turno, así no, eso no es ir a los toros, o por lo menos a los toros que yo he conocido siempre, creo que cualquiera puede pasar las tres horas aproximadas que dura una corrida toros sin la necesidad imperiosa de estar de copas.
A los toros se va a eso, a los toros, a lo que tanto reclamamos cuando discutimos con quien no entiende lo que pasa dentro de una plaza de toros, a ver ese arte que solo un puñado de elegidos son capaces de ejecutar poniéndonos los pelos de punta, a respetar al que se pone el traje de luces, ya sea de oro o de plata, sin saber que le tiene guardado el destino cuando se ponga delante de unos pitones.
A los toros se va a respetar a los toreros y a respetar al toro, a ese animal que noblemente entrega su vida embistiendo una y otra vez tras una muleta templada, ese animal también merece respeto, y su ganadero también lo merece, porque quién no respeta al toro también deja de respetar a quién dedica su vida a criar el toro bravo.
Vayamos a los toros, a disfrutar y a dejar las copas para después de la corrida, donde se pueden debatir mil y una cosa de las que ha acontecido durante la tarde.
Vayamos a los toros sin tener que estar en los patios de cuadrillas y callejones sin tener las acreditaciones pertinentes, que lo único que se consigue es complicarle el trabajo a quien va a realizar su trabajo desde el callejón, para eso la Junta de Extremadura acredita pertinentemente a quienes pueden permanecer en el callejón durante el transcurso de la lidia, no para que se cuele el más pintado para estar abajo y ver los toros de “gañote”.
Ir a los toros no es ni una romería ni un botellón, a ver si nos queda claro de una vez.
