Morante una vez más.
Hay noches en las que una corrida se sostiene sobre un instante. En Mérida, ese momento llegó con el cuarto de la noche, cuando Morante de la Puebla encontró en el toro de Álvaro Núñez la materia necesaria para desplegar una tauromaquia de temple, personalidad y hondura. No hubo trofeo que llevarse a la vitrina, pero sí una faena que dejó sobre el albero emeritense el aroma de un toreo hecho de despaciosidad, cercanía y expresión.
La plaza de toros de Mérida rozó los dos tercios de entrada en una corrida mixta nocturna que reunió sobre el ruedo al rejoneador portugués Marcos Bastinha y al diestro sevillano Morante de la Puebla. La velada tuvo además un ingrediente artístico añadido con la actuación del cantaor flamenco Israel Fernández, encargado de aportar desde el escenario la nota de cante a una noche de marcado carácter andaluz.
La corrida estuvo formada por dos toros de Silva Herculano para Bastinha y dos de Álvaro Núñez para Morante.
El festejo tuvo pronto su particular contrapunto. Bastinha se encontró con un primer animal que ofreció juego y al que el portugués trató de dar réplica a caballo. Tras el rejón de castigo llegaron dos banderillas largas y una corta, aunque la actuación no terminó de adquirir la continuidad deseada. Al rejoneador le costó leer las condiciones del toro y hallar la distancia adecuada para desarrollar su labor con mayor profundidad y conseguir llegar al tendido.
Cuando llegó el momento decisivo, la espada tampoco acompañó. Cinco pinchazos fueron necesarios antes de poner fin a la actuación, dejando sin recompensa una labor marcada más por la voluntad que por el acierto.
El segundo compromiso de Bastinha tuvo otro matiz. Su oponente salió mostrando condición de manso, aunque durante la lidia fue adquiriendo fijeza y ofreciendo mayores posibilidades. El portugués necesitó tiempo para hacerse con su embestida y, una vez encontrado el camino, protagonizó un tercio de banderillas variado. Sin embargo, volvió a tropezar con la suerte suprema. Después del rejón de castigo fueron necesarios varios descabellos para cerrar su actuación.
Morante, mientras tanto, había tenido que comenzar la noche desde la paciencia. Su primer toro llegó al último tercio muy limitado de fuerzas y con las manos delanteras mermadas. Unas verónicas de escaso relieve dieron paso a una faena en la que el sevillano tuvo que administrar cada movimiento, consciente de que cualquier exceso podía acabar definitivamente con las escasas posibilidades del animal.
Lo probó por ambos pitones y lo llevó por alto, tratando de extraer alguna embestida aprovechable de un toro que terminó imponiendo su falta de fuerza y desgana. Morante resolvió de una estocada en lo alto y el público despidió al animal con pitos durante el arrastre.
Pero la historia de la noche todavía guardaba su mejor capítulo.
El cuarto toro permitió que apareciera otro Morante. Desde el recibo capotero se intuyó que algo podía suceder. Tres largas cordobesas dieron paso a verónicas de mucho sello, encajadas y personales. El paso por el caballo se llevó con especial cuidado, procurando no castigar en exceso a un toro que fue descubriendo progresivamente un fondo de nobleza y mejores condiciones para el toreo.
Con la muleta, el sevillano encontró la clave.
La distancia y el temple comenzaron a gobernar una faena que fue creciendo sin necesidad de estridencias. El toro respondió y Morante fue ganando terreno hasta meterse prácticamente en sus dominios. La cercanía adquirió entonces protagonismo y, con ella, la exposición. Los muslos quedaron ofrecidos mientras el torero jugaba con la distancia y componía los muletazos con esa personalidad tan reconocible.
El natural fue el pasaje de mayor importancia. Por el pitón izquierdo llegaron los momentos de mayor plenitud de la faena, aquellos en los que el toreo dejó de ser únicamente una cuestión de dominio para convertirse en expresión. Morante templó, ligó y expuso, construyendo una labor en la que cada muletazo parecía buscar algo más que la simple eficacia.
Fue, en definitiva, el Morante más profundo de la noche. El torero capaz de convertir la dificultad en lenguaje propio y de encontrar belleza allí donde otros buscarían únicamente el resultado. La faena había alcanzado altura suficiente para pensar en el premio, pero la espada terminó por frustrarlo. Un metisaca, un pinchazo y el posterior descabello cerraron definitivamente la puerta de los trofeos.
Así terminó una corrida sin orejas, pero no exenta de momentos de interés. Bastinha dejó patente su disposición y variedad a caballo, aunque sin terminar de encontrar el punto de entendimiento con sus oponentes y con la suerte suprema como principal obstáculo. Morante, por su parte, vivió dos realidades contrapuestas: primero, la impotencia ante un toro muy mermado; después, el encuentro con un buen cuarto que le permitió mostrar su dimensión artística.
Y entre caballos, capotes y muletas, la voz de Israel Fernández terminó de vestir una noche diferente en Mérida. Una velada en la que el flamenco puso música al ambiente y en la que, cuando la noche taurina parecía buscar todavía su argumento, Morante encontró en el cuarto la razón para que el recuerdo del festejo quedara prendido a un puñado de naturales, a unos terrenos pisados con valentía y a una manera de torear cargada de torería.
