La muerte del matador cacereño pone punto final a la vida de un hombre que hizo del toreo su oficio, de la Era de los Mártires su escenario y de su ciudad una parte inseparable de su historia
Hay toreros que pasan por una plaza. Otros, en cambio, terminan formando parte de ella. Luis Alviz Cerro perteneció a esa segunda categoría.
Cáceres despide este miércoles a uno de los hombres que con mayor intensidad vivieron el toreo desde la capital cacereña. Matador de toros, empresario y apoderado, Alviz falleció en su ciudad natal dejando detrás una trayectoria que comenzó en las capeas de la posguerra, alcanzó Madrid y la alternativa y terminó prolongándose durante décadas en torno a la plaza de toros de la Era de los Mártires. Su capilla ardiente quedará instalada en el Tanatorio San Pedro de Alcántara, donde será despedido este jueves.
Porque hablar de Luis Alviz es hablar de Cáceres y, en buena medida, de la propia historia taurina de la ciudad.
El sueño empezó con otro nombre
Luis Alviz nació en Cáceres el 12 de junio de 1934, en la calle Damas. Hijo de Joaquín Alviz, conductor del marqués de Castronuevo, y de Filomena Cerro, creció en una época de privaciones en la que el camino hacia el traje de luces estaba reservado para quienes eran capaces de soportar sacrificios que hoy resultan difíciles de imaginar. Antes que torero tuvo que ganarse la vida trabajando, entre otros lugares, en la panadería de los Hermanos García y en el obrador del Horno de San Fernando.
Pero había un sueño que siempre terminaba imponiéndose: el toro.
En sus primeros pasos fue «Capichuli», nombre con el que comenzó a hacerse conocer por plazas y pueblos. El 13 de junio de 1949, cuando apenas contaba 15 años, tuvo su primera oportunidad en Valverde del Fresno, donde toreó unos becerros junto a José Gutiérrez Izquierdo, «El Mirabeleño», padre del futuro matador Juan Mora. Aquella fecha fue el primer capítulo de una historia que tardaría años en alcanzar su verdadera dimensión.
Alviz tuvo que recorrer el camino largo. El de los novilleros que esperan una oportunidad, el de las capeas, los tentaderos, los contratos difíciles y las tardes en las que había que demostrar mucho antes de conseguir que alguien volviera a llamar a la puerta.
Y en ese trayecto también conoció la cara más dura del toreo. Las cornadas formaron parte de su aprendizaje y una de las más graves llegó en Badajoz, una herida que quedaría para siempre en la memoria de quienes siguieron de cerca sus años de novillero.
Las Ventas y el salto hacia el doctorado
El debut de luces llegó en Cáceres, el 18 de julio de 1952, y cuatro años más tarde, el 1 de abril de 1956, se produjo su presentación con picadores, también en su ciudad. El siguiente gran escalón fue Madrid: el 3 de agosto de 1958 se presentó en Las Ventas con novillos de José Tomás Frías.
Aquel paso decía mucho de la dimensión que estaba adquiriendo el nombre de Luis Alviz, pero todavía faltaba lo más difícil: convertir la ilusión del novillero en una alternativa que le permitiera abrirse camino entre los matadores de su tiempo.
La gran respuesta llegó en su tierra.
La tarde que convirtió a Luis Alviz en historia de Cáceres
El 8 de agosto de 1965 la plaza de toros de la Era de los Mártires vivió una de aquellas tardes que no se olvidan porque terminan convirtiéndose en patrimonio de una ciudad.
Luis Alviz se quedó solo frente a seis novillos de Flores Albarrán.
No era una tarde más. Era la oportunidad de todo un torero. La responsabilidad de comparecer en solitario ante sus paisanos pesaba, pero Alviz respondió desde el primer capotazo. Verónicas, chicuelinas, quites, naturales, derechazos, trincherazos, manoletinas… Una tarde variada y entregada en la que el torero sacó adelante incluso las dificultades que le plantearon los novillos.
Al final, el marcador de la tarde quedó escrito con letras grandes: seis orejas y un rabo.
La Era de los Mártires era suya.
Aquella salida a hombros tuvo algo más que un triunfo. Fue la culminación de una historia que había comenzado muchos años atrás con aquel muchacho conocido como Capichuli. El periodista Domingo Salas de la Cámara supo verlo y dejó una frase que quedó prendida para siempre en la memoria taurina de Cáceres: «De aquel Capichuli de hace muchos años, Cáceres hereda un torero». Y remató con una definición que explica como pocas la relación entre el hombre y su tierra: «Luis Alviz es torero de Cáceres».
Una semana para cambiar de vida
Siete días después de aquella tarde memorable, Luis Alviz hizo el paseíllo en Gerona para cumplir el sueño que había perseguido durante tantos años.
El 15 de agosto de 1965 tomó la alternativa con Luis Segura como padrino y José Osuna como testigo, ante toros de Flores Albarrán. El salto desde la novillería al escalafón de matadores estaba consumado.
Después llegaría otro de los escenarios imprescindibles de su trayectoria: Las Ventas, donde confirmó la alternativa el 31 de julio de 1966, con toros de Félix Cameno, de manos de Armando Soares y con Agapito García «Serranito» como testigo.
Luis Alviz ya era matador de toros.
Y durante aquella etapa compartió cartel con nombres que ocupaban las primeras posiciones de la tauromaquia de su tiempo: El Cordobés, Paco Camino, El Viti, Jaime Ostos o Palomo Linares, entre otros. Su nombre estuvo presente en aquella generación extraordinariamente competitiva de los años sesenta, aunque su carrera no alcanzara toda la dimensión que quienes conocieron sus condiciones consideraban posible.
Otra encerrona, otra tarde para la memoria
Cáceres volvería a contemplar de nuevo la dimensión de aquel torero que parecía tener una cuenta pendiente con su plaza.
El 9 de julio de 1967, Alviz volvió a encerrarse en solitario, esta vez ante seis toros de Emilio Arroyo. Otra tarde de máxima responsabilidad en la que volvió a cruzar la frontera entre la valentía y la entrega, alcanzando un triunfo rotundo.
La historia se repetía: Luis Alviz frente a seis toros y Cáceres pendiente de su torero.
Quizá por eso su relación con la ciudad fue siempre diferente. No era únicamente el matador que había nacido allí. Era el hombre que había conseguido convertir el sueño de cualquier muchacho de provincias en una realidad compartida con sus propios paisanos.
El último paseíllo
Toda carrera tiene un último día.
Para Luis Alviz llegó el 1 de mayo de 1975, cuando decidió despedirse definitivamente de los ruedos en Cáceres. Y quiso hacerlo acompañado de otros dos toreros de la tierra, Morenito de Cáceres y Antonio Sánchez Cáceres, en una corrida homenaje con toros de Francisco Galache.
Fue la última vez que se vistió de luces para hacer el paseíllo ante su gente. La tarde terminó con un nuevo triunfo y, después, llegó el momento que ningún torero olvida: el corte de la coleta.
Luis Alviz abandonaba los ruedos, pero no abandonaba el toreo.
Cuando el torero cambió el traje de luces por la gestión
La retirada no significó para él la ruptura con el mundo del toro. Todo lo contrario.
Luis Alviz siguió trabajando alrededor de la Fiesta y terminó asumiendo la gestión de la plaza de Cáceres. En 1989 pasó a hacerse cargo empresarialmente del coso de la Era de los Mártires, un escenario que conocía como pocos porque allí había vivido algunas de las tardes más importantes de su carrera.
Durante años trabajó para que Cáceres continuara formando parte del circuito taurino. El torero había dejado de vestirse de luces, pero seguía defendiendo desde otro lugar aquello que había dado sentido a su vida.
También desarrolló posteriormente una importante labor como apoderado de Emilio de Justo, al que acompañó durante distintas etapas de su carrera. Y quizá resulte especialmente significativo recordar que cuando presentó al joven torero cacereño llegó a pronunciar una frase que, vista desde la perspectiva del tiempo, adquiere un valor especial: «Este será el gran torero de Cáceres».
Así continuó Luis Alviz ejerciendo de torero incluso cuando ya no llevaba el traje de luces.
El bronce de un recuerdo
Cáceres quiso reconocer aquella trayectoria y aquel vínculo.
En el año 2000 se instaló un busto dedicado a Luis Alviz en la plaza de Argel, junto al coso cacereño. El catálogo municipal de bienes protegidos recoge el monumento como una obra en bronce del escultor Calderón Silos.
Desde entonces, la figura de Alviz permanece allí, frente a una plaza que fue testigo de sus sueños de juventud, de sus triunfos, de su despedida y de buena parte de su vida profesional.
Es difícil encontrar una imagen más apropiada para resumir su existencia.
El torero delante de la plaza.
La plaza delante del torero.
Se va un hombre. Queda una historia.
Luis Alviz se ha ido, pero su historia permanece.
Permanece en quienes todavía recuerdan aquella tarde del 8 de agosto de 1965, cuando seis novillos de Flores Albarrán y un torero decidido a conquistar su plaza escribieron una de las páginas más brillantes de la Era de los Mártires.
Permanece en el nombre de aquel muchacho que comenzó como Capichuli y terminó convertido, por derecho propio, en el torero de Cáceres.
Permanece en Las Ventas, en su alternativa de Gerona, en sus encerronas, en sus cornadas, en sus triunfos y en aquel último paseíllo de 1975.
Y permanece, sobre todo, en la plaza.
Porque hay toreros que un día dejan de hacer el paseíllo y otros que, sin embargo, nunca abandonan del todo el ruedo.
Luis Alviz es de esos.
Su vida taurina comenzó soñando con una plaza. Terminó dejando su nombre frente a ella.
Y eso, en el toreo, es una forma de eternidad.
