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Sevilla y su doble vara de medir.

La puerta del Príncipe y sus salidas a hombros.

 

En España tenemos la suerte de tener varios de los templos de la tauromaquia más importantes a nivel mundial, es indudable que los dos primeros puestos se los disputan indiscutiblemente Madrid y Sevilla o Sevilla y Madrid, no son pocos los que no se ponen de acuerdo cual se lleva la palma.

Pero sea como fuere, es indiscutible que Sevilla es una de las grandes catedrales del toreo, donde se le presupone la excelencia en todos sus aspectos, por la puerta de toriles deben de salir lo toros con más trapío que pueda haber, su albero lo pisan solamente los que han demostrado ser merecedores de poder dibujar sus faenas sobre su albero, los presidentes deben saber aplicar el reglamento perfectamente en cada momento, y su público se supone que es un público que sabe lo que ve y que en teoría debe ser justo.

Sevilla y su sevillanía, en realidad Sevilla tiene dos varas de medir y lo pudimos comprobar claramente en la corrida de San Miguel que se celebró ayer, la tarde presentaba un excelente cartel de toros formado por Emilio de Justo, Roca Rey y Pablo Aguado, todo un cartelazo, con toros de la ganadería de Jandilla, ganadería con la que reconozco que no a todo el mundo le terminaba de convencer por el tan manido tema del “monoencaste de Domecq”. Cierto es que dicho encaste lleva unos años en los que es habitual que flojee en la plaza y sea cada vez más difícil de ver una buena faena a un toro de este tipo.

Es cierto que la ganadería de Borja Domecq ayer dio la cara y ofreció una corrida interesante, encastada, quizás algo justita de fuerza, pero no para llegar a ser criticable, excepto el cuarto toro, segundo de Emilio de Justo, que resultó ser un mansurrón sin fuerza, el resto fue una corrida muy rematada y entretenida.

Emilio hizo todo lo que pudo, en su primer toro exprimió el toro al máximo y en su segundo no hubo manera de realizar algo digno que le permitiese terminar de abrir la ansiada puerta que da acceso al paseo de Colón, con lo cual, a la tarde de Emilio no se le puede poner ni un pero, ni por su actuación ni por el público.

Es a partir de aquí donde aparecen las diferentes varas de medir en Sevilla, Roca Rey realizó dos faenas de entrega y de oficio, tratando de sacar de sus toros todo lo posible, es cierto que el primer toro quizás pudo hacer un poco más, pero eso ya son apreciaciones personales, pero en su segundo no se dejó lo más mínimo por extraer del toro y aún así todo recibía gritos desde el tendido y silbidos que a todas luces eran injustos y no tenían cabida, no es de recibo increpar ni silbar la actuación de alguien que se está jugando el tipo delante de unos pitones y que está dejando clara la entrega y la torería con la que lo está haciendo.

Tras los dos toros de Andrés Roca Rey aparecieron los dos toros de Pablo Aguado, y aquí es donde comienzan los dimes y diretes, con las dos orejas de su primer toro no cabe discusión, se puede estar más o menos de acuerdo con ellas según el criterio de cada uno, pero no había motivo para no otorgarlas. Es en su segundo toro y último de la tarde donde la tarde comenzó a no ser justa, cierto es que Aguado le realizó una gran faena a su segundo toro, sin duda alguna era merecedora de trofeo, pero todos sabemos que la espada da y quita trofeos y sobre todo cuando estamos hablando de conceder una salida a hombros por la puerta del Príncipe de Sevilla, Aguado recetó un estocada entera pero algo delantera, lo que propició que el toro no doblase como se esperaba, tras esperar que la tizona hiciera su efecto la presidencia asomó el primer pañuelo blanco y  los clarines y timbales avisaron a Aguado de que habían pasado diez minutos de faena, muy seguramente aún tenía margen para que el toro doblase y se hubiese llevado una más que justa puerta del Príncipe, pero Pablo decidió emplear el verduguillo y aquí vino el problema, tres errores y al cuarto el burel al suelo, la gran mayoría de aficionados esperábamos un saludo desde el tercio o como mucho una vuelta al ruedo y asunto concluido, pero he aquí que Sevilla tiró de trato de favor y comenzó a pedir la oreja que le abría a Pablo la salida al paseo de Colón, es cierto que la primera oreja la otorga el público, pero no son pocas las veces que el público pide una primera oreja para un torero y la presidencia entiende que no la tiene que otorgar, y en esta ocasión el respetable de Sevilla se equivocó y la presidencia también.

Si quién marra con la cruceta no hubiese sido un torero sevillano, Sevilla no le perdona tres fallos con el descabello y por consiguiente cualquiera hubiese salido a pie del coso maestrante, y, es aquí donde Sevilla no es justa, no se puede hacer semejante muestra de favoritismo, no se puede increpar a un torero desde el tendido y pitarle sin saber porque y al toro siguiente olvidar que el matador falla tres veces seguidas con el descabello. Estas cosas no son de recibo y son las cosas por las que quizás para mucho Sevilla no sea el primer templo del toreo en el mundo.

Se suele decir que Madrid para los madrileños y en este caso se diría que Sevilla para los sevillanos. El público que acude a la maestranza tiene que hacer se mirar ese trato de favor que aplica a los toreros sevillanos, no es lógico ver el fanatismo que se le profesa a Morante, queriendo sacarlo por la puerta del Príncipe sin haber cortado los trofeos, ni es lógico que se regalen puertas grandes como la de ayer.

Mal camino lleva la tauromaquia si comenzamos a ser localistas en todas las plazas.

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